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De propaganda y pesebres
Una de las grandes armas con que cuentan los grupos de gobierno de las instituciones locales para su perpetuación a lo largo de las distintas convocatorias electorales es el presupuesto de la corporación. No me refiero al buen uso que se pueda hacer de él a través de las inversiones en obras o servicios que repercutan de forma positiva en la ciudadanía. Es justo lo contrario: la posibilidad de utilizar estos fondos para su propio beneficio.
No hay que irse tan lejos para poder comprobar como los gobernantes de ayuntamientos, cabildos y más arriba utilizan el dinero que previamente se recauda a través de los impuestos para sus intereses particulares y los de su partido.
La propaganda es una forma de convencer a la ciudadanía de que "como yo no hay otro". A cuenta de los presupuestos se editan gacetas, boletines, cartas personalizadas, se mantienen páginas web, se sostienen gabinetes de prensa (eufemismo muy socorrido para no nombrar a las cosas por su nombre), se pagan páginas en los semanarios, cuñas en las radios avisando de un viaje a las Chimbambas para los viejitos del municipio, cursitos de macramé, desarrollo personal, buchitos de café y otras cosas de interés.
Durante las campañas electorales, los presupuestos se estiran hasta el infinito y nuestras calles, plazas, parterres lucen sus mejores galas, se inauguran monumentos, se hacen encuentros regionales, garbanzadas y chuletadas. Todo pagado (normalmente a crédito) con nuestros impuestos. Luego se soluciona con el oportuno crédito (véase Arrecife, San Bartolomé, ...) y si te vi, no me acuerdo. Cuando ni un crédito arregla el desaguisado, pues se suben los impuestos o se crean unos nuevos (véase Tías, San Bartolomé, Teguise, ...)
Cuando ya no queda dinero para casi nada, siempre se puede conseguir algo para subvencionar a una actividad de última hora mientras se asegure por parte del subvencionado una pequeña participación del alcalde, el presidente, el consejero o concejal del ramo.
La subvención a diestro y siniestro, sin ningún tipo de control, da muy buen resultado. Siempre podremos usar al presidente de la asociación para que se ponga en la barbacoaa el día de la chuletada o a la presidenta para que firme solicitando un deseado indulto. Además, permite al político en el poder dar la apariencia de que son "otros" los que casualmente defienden sus mismos intereses y/o atacan a los contrincantes.
El otro brazo armado de los que gobiernan es el enchufismo. En Lanzarote son muy conocidos los casos del cabildo y ayuntamientos que tienen departamentos completos destinados a servir de pesebre a ciertos partidos políticos o coaliciones. En estas corporaciones encontramos a familias completas que viven del lucrativo negocio de la política: padres, hijos, nietos cobrando del presupuesto, con una escasísima preparación en muchos casos y sin haber pasado por unas pruebas que dieran al resto de la ciudadanía la posibilidad de acceder a esos puestos de trabajo. Directamente del paro al empleo público. Hay sitio para todos porque se aplica el refrán de que en la mesa de San Francisco, donde caben cuatro, caben cinco.
Mientras el presupuesto se hipoteca con tanto chupóptero, se necesitan más y más recursos para mantener a flote el sistema.
La cosa se agrava cuando el gobierno se debe a un pacto entre varios partidos ya que los enchufados se multiplican por el número de partidos que sustentan al grupo de gobierno.
Cuando llegan las elecciones, toda esta maraña se moviliza como una gran maquinaria en un intento de que sus mecenas sigan gobernando y, con ello, les siga llegando su propio sustento. A veces tienen que hacer de tripas corazón y se rebajan a hacer buzoneo, ayudan para que las papeletas estén preparadas, pegan carteles, hacen de taxistas de votantes, etc. Todo para que los que proporcionan el trabajo estén contentos y permitan seguir cobrando.
El enchufismo descontrolado (y el controlado) impide a una corporación enfrentar el futuro con unas ciertas garantías. La mayor parte del presupuesto se destina al pesebre y de lo que queda hay que pagar el autobombo. Poco resta para lo que realmente es necesario.
Jesús M. de León.
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