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Príncipe y reino
Príncipes y tronos ¿giran a la deriva segun el azar de cada 'quisque', como aquel amotinable barco de Humphrey Bogart, el CAINE, que cortó su propio cable, solo, sin gobierno, mientras los oficiales discutían, O NO?.
Cuando ayer Jáuregui contertulio dijo en la 'telequesea', que ahora en España estamos mucho más maduros que hace 10 años para no poner peguitas a novias y matrimonios del príncipe, sólo quería decir que nos comemos para desayunar lo que no quisimos la víspera para cenar. Pluralizo eufemísticamente, por supuesto.
Nunca sabremos, al parecer, si despues de diez o doce años de 'romances del príncipe' ahora existía una fecha límite, unas coordenadas expresas sobre el perfil de la persona designable, si esto anuncia que el rey renquea lo suyo, y si el diseño y condiciones de toda esta operación, de máximo interés estatal, -no lo olvide nadie-, son de fabricación nacional, y a cuántas bandas, o suceden por aconsejado consenso de entidades de importación. Si la chica es plebeya, colega y cuñaaaaaada como todo el censo, mientras no llegue a reina, puede robustecer la imagen monárquica ante las masas, pero si hubiera sido de una dinastía extranjera fuerte, hubiera fortificado más, en terrenos del Gotha, a esta monarquía nuestra que tanto brilla pero que nunca se aleja demasiado del burladero. Y a mí que me registren.
Por lo demás no creo ser el único español que sin llegar a republicano, a la vista de anteriores ensayos, o reconociendo que quizá vivimos en una república algo coronada, y siendo uno de la raza que se interesa por casi todo lo divino y humano, cae en una indiferencia radical y espontánea ante los asuntos dinásticos. La pareja anunciada es simpática como para poner candentes de entusiasmo a las muchedumbres hispanas, pudieran ser ambos más simpáticos que Faemino y Cansado y más místicos que San Francisco de Asís. Pero antes y despues, ahora y siempre, mientras ellos departen encantadoramente con sus invitados a la media luz de jardines y ventanales, siempre hay perros sueltos a punta de pala en nombre de la razón de Estado, libres de lanzarse a la yugular, lo mismo de un fotógrafo que de un vagabundo dormido, del lechero madrugador o de un estudiante que vaya a pie sin dinero ni para el autobús.
Pareja tan grande para los españoles como la ya difundida, aunque no sean simples mascarones de proa, apenas pueden variar un ápice de su papel en la tragicomedia política, bajo la densa nube de manos 'solícitas' de sus servidores. La destrucción por incendio del piso de Isabel Sartorius, tan buena amiga del príncipe, antes de que los españoles madurásemos tanto, es como para verlo y 'haberlo creido' desde siempre. Desde siemprísimo.
Igneus Emailly
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