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La noche en que volvimos a escribir dios en minúscula
Ghidda ya es una fotografía, un albúm de cenizas, el tatuaje de la guerra
que el dios bélico de occidente, le hizo a la muerte de una nena de quince años.
Desde el polvo la historia se escribe en el libro de tapas de sangre, en los escombros de la humanidad no hay respuesta , los ojos de Ghidda miran desde la muerte, parecen estar mirando a los ojos del abismo, como si hallaran solución a tanta nada.
Mientras crujen las paredes y, los tecno-soldados se cuelgan las balas del pecho, reemplazando al rosario o tal vez sea éste el rosario del dios que dice Bush escuchar y representar.
Las bengalas intentan iluminar el cielo, como si pudieran revelar desnudo al Dios de los justos, como si ese Dios se despertara con las luces.
El pentagrama del horizonte lee la trágica sinfonia de la bombas, las piedras que los niños le lanzan, no llegan a herir al dios que viene a pacíficar con guerra.
Los alaridos de Baghdad sólo se traducen en la pintura negra de Goya o quizás esos gritos sean las próximas voces de la conciencias de los futuros siglos.
Ghidda quiere crecer en una rosa. El jardín de Baghdad aumenta. Familias que se abrazan (como intentando atrapar la muerte del otro en un abrazo) mientras las sirenas (estas sirenas que nada tienen que ver con las que enloquecieron a Ulises) anuncian que la muerte se hospeda otra vez en Baghdad.
¿Dentro de cuantos muertos encontraremos la vida?
Guidda ya no responde. Quizá una rosa de Baghdad pueda darte la respuesta.
Pedro Patzer
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