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El Estado (Bestiario Único)
(± dedicado a todo jefe de Estado y a todo súbdito)
Imagínate una cordillera floja de baba, hiel indeleble y malas leches eternas, más cruel de lo que nadie, de Gengis Khan a Napoleón pudo inventar, algo que no parece venir de la humanidad ni de la historia sino de portentosas hecatombres, directas y anteriores a la vida, planetas de fuego, ristras de volcanes, y 'eso' es lo que describe la ferocidad del Estado.
Si el Estado ejecuta inocentes mal procesados y peor defendidos, su muerte por voltios o veneno es tan legal como la de los culpables, -sin indemnización en el país de las indemnizaciones más alucinantes y olientes a tigre- . Qué bicho perverso será la Ley y su padre y violador el Estado, que matan y siempre está bien 'lo matado', culpable o inocente.
Donde no existe la pena de muerte es que al Estado le han diplomado lo suficiente para no recibir visitas sin ponerse el albornoz, pero escuadrones y escuadrillas de la muerte existen, funcionan y trabajan en todos los estados dignos de llamarse Estado, para eliminar por libre, en vía brava y violenta o lenta y consuetudinaria, a quien convenga.
El Estado actúa como lobo o león que pasea entre los corderos y los lame para establecer cuál se comerá primero, a cuál enviará a barrancos y precipicios, a cuáles extorsionara fiscalmente, o a cornadas, o ejerciendo en público, con amplitudes oceánicas, todo género de corrupciones y torturas invencibles, que si se practicaran de súbdito a súbdito conllevarían la pena capital o la perpetua.
El Estado demuestra su infamia y ejerce su chantaje desde la escuela rural a las esferas cósmicas, como lo demuestra toda clase y riqueza de víctimas, damnificados, minorías y mayorías. Las catástrofes más desgarradoras son el baño tibio de sales para el Estado, y el resto simple destino de la gleba paleoegipcia conservada de milagro hasta hoy, y que además anda en coche para llenarlo todo. Nunca debiera haberse fingido el rostro abstracto del poder, que pone meninges de locura a poseedores, servidores y súbditos del poder; que fueran reyes pastores o comisionados, pero nunca más que personas, nunca esos sacerdotes civiles que son los actuales funcionarios y magistrados; qué pintan en lo alto de la escalinata postmoderna máscaras de zoquete sin persona dentro.
Mientras haya poder abstracto y ejercicio despersonalizado, no habrá humanidad, ni siquiera física, ni ecología posible.
Iñaki Desormais
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