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Cartas al director, 03-06-2002

Veinte años y una mirada febril.

Una vez que las brasas del asadero se apagaron, que colgamos en el armario el traje típico, que el regusto de las papas arrugadas con mojo desaparece y que los ecos de los discursos de nuestros políticos de desvanecen en el aire, volvemos a centrar nuestras miradas en la actividad diaria y volvemos a ver a Canarias a través del cristal de la normalidad.

Entonces, lejos de fastos y celebraciones, damos el valor real a estos veinte años que acaba de cumplir el Estatuto de Autonomía. Y es cuando reconocemos los avances y retrocesos de este proceso. A poco que nos esforcemos, hay algo que sí tenemos que constatar: casi todos tenemos un poco más de dinero en los bolsillos. En el lenguaje de Aznar y sus correligionarios se diría que Canarias va bien. Pero si rascamos un poquito esa superficie dorada, descubrimos otra realidad tan verdadera como la otra. Y es que somo el mismo perro con distinto collar.

El collar que ahora tenemos podría decirse que nos lo hemos puesto nosotros mismos, son la nueva clase política que se esfuerza día tras día en convencernos de que todos son iguales pero que los de aquí son más iguales que los de allá. Seguimos en manos de políticos corruptos, mal avenidos y despreocupados por cualquier cosa que no sea su sillón. Supongo que los políticos honrados aún no han llegado al poder o que, si han llegado, se han visto sobrepasados por los acontecimientos.

Creo que hemos crecido en cemento, en asfalto, en pleito insular, en dependencia económica del turismo, en dependencia política de Madrid, pero poco más. Donde yo vivo hay menos plazas en los hospitales, menos plazas escolares, más atascos en las carreteras, más inseguridad ciudadana, más colas en los juzgados, en la policía, en los supermercados, en los establecimientos de comida rápida, ... Nuestras señas de identidad se esfuman y siempre habrá quien diga que eso no es problema sino todo lo contrario.

A cambio de padecer todos estos males, tenemos más puertos deportivos, más campos de golf, más aeropuertos y más grandes, menos playas naturales y más playas de diseño, más complejos de apartamentos, más hoteles de cinco estrellas, más alcaldes sonrientes. Y todavía dicen quienes manejan el cotarro que necesitamos más apartamentos, más aeropuertos y más grandes, más radares, más turismo, más campos de golf, más cemento y más asfalto.

Si yo fuera un turista, es posible que me sintiera a gusto en el paraíso artifical que se está creando encima del paraíso natural de nuestra tierra, pero echo de menos las playas, los pueblecitos, los paisajes, la gente, la idiosincracia, ... El problema es que yo soy de aquí y mi futuro y el de mis hijos está aquí. Me reconcome la idea de que todo se va al garete y parece que vivamos en una nube, sin darnos cuenta de nada.

Tal vez soy yo el que vivo en una nube y el dinero de más que tengo en el bolsillo merezca todo lo que veo y en realidad nuestros políticos sean incorruptibles y yo veo fantasmas y nuestra tierra está ahora muchísimo mejor que antes.

Tal vez.

Jesús M. de León Tabares


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