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Amabilidad y pastillas
Por Myriam Ybot. Mi amigo ha conseguido, después de varios meses, que le atendiera el especialista de una dolencia de esas que puede ser benigna o no. Le costó convencer a su médico de cabecera de que firmara el volante para ser atendido por un experto. Tanto, que decidió recurrir a un doctor de pago, quien confirmó la enfermedad. Con el diagnóstico en la mano y 10.000 pesetas menos en el bolsillo, recibió el ansiado papel con sello de urgencia. "En varios días le darán la cita", dijeron. Pero llamadas y colas en la recepción del centro de salud no sirvieron de nada, la consulta se retrasaba, el tiempo avanzaba, el dolor iba en aumento. Cuatro meses después, de vuelta al médico de cabecera y tras una consulta interdepartamental, se confirmó que la hora había sido reservada. La citación apareció traspapelada, nunca fue introducida en el ordenador y por tanto nunca se hizo visible en la pantalla. Reconocido el gravísimo despiste, parece que las cosas, al menos para mi amigo, comienzan a marchar con los ritmos lógicos y en los plazos previstos. Cuento esta historia porque la pasada semana llamó a esta redacción un ciudadano anónimo necesitado de desahogo y de comprensión, frustrado de quejarse sin encontrar respuesta. Su caso se refiere también a la sanidad pública, en este caso, al ambulatorio de Tías, gobernado por un director médico al parecer poco afable. ÉI mismo reconoce su mal humor y no entiende que los enfermos, muchas veces, necesitamos más apoyo y menos pastillas", -decía entre enfadado y triste. "¿Cómo pueden colocar en ese puesto a una persona que no es capaz de atender a los pacientes con un mínimo de amabilidad?",-añadía.
Dado que no conozco al doctor en cuestión, nada más lejos de mi ánimo que criticar su trabajo, aunque según ni anónimo interlocutor, tiene en su haber varias reclamaciones y quejas de otros usuarios del centro, todas por la misma razón. Sí coincido con esta persona en el desinterés que muchas veces se atisba en los funcionarios públicos y el daño interior que generan cuando el caso se refiere a tu salud o la de los tuyos, a tu angustia, a tus temores, y ellos miran al cielo con gesto de aburrimiento.
Hablando del asunto, hay quien me recuerda la extrema asiduidad con que muchas personas acuden al médico. Un poco de fiebre, un vómito nocturno o el pinchazo resultado de un mal gesto son motivo en ocasiones de un viaje acelerado al departamento de Urgencias. Soy consciente del tiempo perdido diariamente por los especialistas, de las dolencias inexistentes de muchos pacientes, del ingente presupuesto sanitario que acaba en las alcantarillas de la hipocondría y la obsesión. Pero también creo que es dinero bien tirado si en una sola de estas revisiones rutinarias, previsibles, se localiza y vence una enfermedad que pudo ser grave, que pudo pasar desapercibida. Al fin y al cabo, la sanidad pública la pagamos todos los contribuyentes y es nuestro derecho reclamar el mejor servicio, ese que sólo prometen en los centros privados. Y si va aderezado con un poco de amabilidad, mejor que mejor.
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